jueves, 19 de diciembre de 2013

Cuando era niña


Cuando era niña, solía jugar con aquél árbol del parque. Era enorme, fuerte y hermoso. Solía pensar que nada podría romperlo jamás. Que siempre se había encontrado ahí, alzando sus ramas, como pinceles vaporosos, para pintar de verde el cielo.

Cuando era niña, solía cantar muy alto, pensando que si alcanzaba con mi voz la punta de la hoja más alta, ésta bajaría a buscarme y me elevaría para sentarme sobre la nube anaranjada que solía descansar sobre ella. Creía que, desde arriba, su tacto esponjoso acariciaría mis piernas, y que, de pronto, sería más alta, como por arte de magia, y podría entender todo lo que los mayores no me contaban.

Cuando era niña quería saberlo todo. Por qué era azul el color del cielo, y por qué cambiaba cuando anochecía. Por qué la tierra mojada pintaba mis botas rojas de marrón, y por qué la sonrisa de mi madre parecía congelarse a veces tras volver del parque. Solía odiar aquello, y me enfurruñaba con los puños apretados. Y gritaba muy fuerte, tapándome los oídos con mis manitas mientras pataleaba contra el suelo, como si, al pisar más fuerte, pudiera librarme de sus garras y elevarme hacia esa nube de algodón.

Pensaba que era una princesa y que tenía poderes mágicos, y solía entrecerrar los ojos creyendo que si me concentraba mucho, podría mover los libros de mi estantería sin tocarlos. Creía que un día, alguien vendría a buscarme y me llevaría a un mundo mágico en el fondo del océano, pintado de rosa y dorado, donde todas las sonrisas serían cálidas, y nada nunca podría oscurecerlas.

De pronto, los colores brillantes con que soñaba se han vuelto grises, más tristes. Comprendo que el árbol gigante y hermoso del parque no es más que un tronco enredado, viejo y gastado, que apenas alcanza tres metros de altura. Mis piernas son más largas, y a aquellos atardeceres naranjas ahora los llamo contaminación lumínica.

Comprendí hace tiempo que el cielo no es azul, ni existe siquiera. Que sólo es una capa de gases que nos envuelven en una burbuja. Que, efectivamente, mis pies están atados a la tierra, pero que hay mucha tierra donde correr.

Y, sobre todo, comprendí que la tierra mojada ensucia los zapatos y se pega a ellos, ahogando su brillo. Comprendí que el barro, como los secretos y las mentiras, se pegan como alquitrán a la piel. Que la sangre y el odio no se borran, y que aquella sonrisa congelada es sólo una de las pruebas de que tengo la madre más fuerte y más valiente del mundo. Que inventó una pompa enjabonada de brillos y diamantes esponjosos para que jugara mientras ella tragaba ese humo negro, y aun así sonreía mientras yo, ceñuda, me negaba a dejar aquél árbol podrido.

Comprendí entonces que mi mundo mágico no era tan mágico y que jamás lo cambiaría por éste. 

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